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Manuel Cruz P., Premio Eugenio Espejo 2016

Manuel Zenadio Cruz Padilla recibió el pasado miércoles 10 de agosto el premio Eugenio Espejo por sus aportes al desarrollo de las ciencias. Cruz es actualmente el director del laboratorio de Biología Marina del Inocar (Instituto Oceanográfico de la Armada), una institución a la que entró cuando se estaba fundando, y en la que ha permanecido por más de cuarenta años.

Es un hombre de persistencia: ha sido profesor desde 1974 de las materias de Invertebrados y Malacología (el estudio de los moluscos), en su alma mater.

Y como científico, es también un hombre metódico: se encarga del análisis del comportamiento de pequeños organismos que habitan el mar para establecer si en Ecuador se presenta el fenómeno de El Niño. Un proceso que tarda siete meses.

Cruz se ha especializado en el estudio de unos pequeños moluscos que son imperceptibles a la vista —y, para aumentar la dificultad, en algunos casos estos organismos son transparentes—. Se llaman pterópodos y heterópodos, que a su vez se dividen en varias subespecies. Se trata de pequeños animales que no tienen fuerzas para vencer las corrientes del mar. Y la presencia en abundancia o la ausencia de algunos de estos moluscos (en especial uno que se llama Hyalosis Striata) en los mares de Ecuador sirve como indicador para determinar si en el país se desarrolla o no un fenómeno de El Niño (o de La Niña).

Para realizar estos estudios, el Inocar envía misiones que recolecten muestras de los mares a más de cincuenta metros de profundidad. Son procesos muy parsimoniosos y requieren de mucha precisión. Con redes que filtran cuerpos de diámetros superiores a las 355 micras (0,35 milímetros), los barcos que colectan las muestras deben desplazarse a dos nudos (4 kph), que es la velocidad de una persona a paso lento.

En 1996, Cruz emprendió el primer estudio de meiofauna en Ecuador. Tal como sucede con los pterópodos y heterópodos, la meiofauna estudia organismos que son «invisibles para los ojos», que es como el Zorro de El Principito definió a «lo esencial». Y resulta que el objeto de estudio de la meiofauna es, en efecto, esencial: esos microorganismos que viven alojados entre los granos de arena se encuentran en la base de la cadena alimenticia: se alimentan de bacterias y residuos de animales muertos. Son indispensable para mantener limpio el ambiente, y hasta mediados de la década de los noventa, en Ecuador no se los estaba investigando, hasta que Manuel Cruz señaló su importancia.

El solitario

En su último año en la carrera de Biología Marina, Cruz emprendió una misión que lo llevaría a bordo del buque Orión. «Había tenido tres reconocimientos por mis notas y la decana, Flor María Valverde, me dijo que me había ganado una beca para ir a Galápagos, justamente en los tres meses de vacaciones». Se trataba de la primera parte de un convenio de cooperación entre la Estación Charles Darwin, el Parque Nacional Galápagos (PNG) y la Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad de Guayaquil.

Hipólito Ronquillo, uno de sus compañeros, también viajó. Allá, el director de la estación Charles Darwin, el alemán Peter Kramer, repartió los dos proyectos: Ronquillo estudiaría las aves de las islas, y Cruz, las especies introducidas. «Hipólito se fue a Genovesa, y ahí falleció». Cruz fue a la isla Pinta junto con doce guardaparques, para estudiar las especies introducidas en el archipiélago y cómo estaban afectando a la flora y fauna del lugar.

Para iniciar el estudio de animales introducidos, sobre todo de cabras, chanchos y perros. «Todos estos animales destruyen los huevos de las galápagos. Las cabras y los chivos estaban acabando la vegetación de la isla Pinta. Y dentro de esa vegetación hay cantidades de plantas endémicas». Así como en aquella escena de The Walking Dead en la que uno de los personajes abre el estómago de un zombi para comprobar si se había devorado a un amigo que se acababa de perder, una parte del trabajo de Cruz era manipular las vísceras de chivos sacrificados para identificar las plantas que había comido el animal.

«Me asignaron a un compañero del PNG, Francisco Castañeda. Él rajaba el chivo, sacaba el estómago, pesábamos el estómago, lo abríamos y yo identificaba qué plantas prefería comer el chivo con base en las hojitas, los tallos, semillas... detalles así». Con esos resultados, Cruz sacaba porcentajes de las preferencias alimenticias de los animales y los comparaba con una evaluación de la vegetación que había alrededor. Para eso, Cruz debió aprenderse los nombres de todas las especies de plantas de las Galápagos junto a un botánico que, como Kramer, también era alemán.

Un día de marzo de 1972, sin esperárselo, realizó uno de los hallazgos más famosos de la historia natural ecuatoriana. Caminaba armado con una carabina, cuando vio que algo se movía a unos sesenta metros. Cruz pensó que aquel era otro chivo para analizar, así que él y su compañero se acercaron. Pero se trataba de una tortuga galápagos. «Para mí, era una más, porque antes de ir a Pinta, con gente del PNG fuimos a las cumbres de la isla Santa Cruz y allí vi cantidades de galápagos en su medio natural».

En un punto de la isla Pinta que se encuentra a 300 metros sobre el nivel del mar, Manuel Cruz había encontrado al solitario George. «Le dije a mi compañero “tómame una foto”, y en la foto histórica del momento de su descubrimiento, George está conmigo». Después de eso, Cruz se quitó la camisa y la puso como bandera. Su compañero se quedó ahí, para no perder de vista a la tortuga. Cuando llegó al campamento, a la orilla del mar, para contar lo que había descubierto, nadie le creyó. «Aquí no hay galápagos», le dijeron, y le contaron que cinco décadas antes, un barco llegó a Pinta a llevarse todas las galápagos como alimento.

«Cuando lo encontramos, se le calculó que tenía unos cincuenta años, por el desarrollo de los sexos. Esta especie comienza a madurar el sexo entre los cuarenta y cincuenta años, y ahí recién se sabe si es macho o hembra». En el campamento sospecharon entonces que la tortuga aún no había salido de su huevo cuando se llevaron a sus congéneres, es decir, que «nunca conoció a sus papás, sus hermanos». El solitario George fue el primer récord Guinness del Ecuador, por tratarse del reptil más raro del mundo, pues era el único de su especie.

Familia

A diferencia del solitario George, la vida de Cruz siempre ha estado muy ligada a la de su familia. Actualmente, dos de sus hijas viven con él y su esposa María en su casa en el sur de Guayaquil:

Priscila, relacionista pública y madre de dos niños; e Isabel, ingeniera informática que convive con sus padres mientras termina una maestría semipresencial que le exige viajar cada cierto tiempo a Argentina. Priscila incluso trabaja cerca de su padre, en el Planetario, ubicado al interior de la Base Naval Sur, donde también funciona el Inocar.

La menor, Paola, es ingeniera en Telecomunicaciones, y su hijo Manuel David, vive en Santiago de Chile, y trabaja en la División de Desarrollo Económico de Cepal.

Yo quiero ser bombero

La hija mayor de Cruz, Isabel, se inscribió en la carrera de Biología Marina de la Universidad de Guayaquil, la misma que estudiaron sus padres. Al cabo de unos meses, no estaba segura de continuar, pero su padre le pidió que concluyera el primer semestre hasta tomar una decisión definitiva. Acabó, pero entonces se decidió a empezar una carrera informática, y ahora está realizando un doctorado.

Manuel David dice que sus padres siempre lo apoyaron a él y a sus hermanas en sus decisiones personales. «Fíjate que ninguno de los cuatro fue biólogo marino. Y decía cosas como: “Si quieres ser bombero, sé el mejor bombero”». Es curioso que use el ejemplo del bombero, que es el nombre de una canción de Facundo Cabral que habla del «pequeño sueño de ser o no ser», de la realización de las decisiones personales. La letra cuenta cómo los padres y los abuelos de un niño ‘deciden’ su futuro: será un ingeniero, doctor, banquero, militar... mientras que el niño no quiere nada de eso —«Yo quiero ser bombero. Que nadie se meta con mi identidad»—, aunque al final termina convertido en un abogado.

En efecto, los hijos de Cruz han sido lo que han querido ser, una opción que él no tuvo en su juventud. «Mi ambición era ser médico, pero no tenía tanto dinero». Oriundo de Los Ríos, se trasladó a Guayaquil para terminar la secundaria desde el tercer curso. Vivía con su hermana Yolanda, pero ella falleció durante un parto. Manuel buscó un cuarto de alquiler y luego vivió con otros de sus hermanos (diez en total). Para no gastar dinero en libros, Cruz iba a la Biblioteca Municipal. Compraba cartillas que le daban derecho a noventa comidas en un restaurante, pero solo las usaba para el desayuno y el almuerzo, porque eran «más abundantes», y guardaba un poco para acompañar una modesta cena de leche y pan que le costaba un sucre.

A diferencia de los pequeños organismos que estudia en la actualidad, incapaces de moverse libremente por la fuerza de la corriente, Cruz se las ingeniaba para vencer a las circunstancias. Cincuenta años después, su hijo Manuel David recuerda que una de las cosas que sus padres les enseñaron hasta el cansancio es que «los problemas se solucionan enfrentándolos». Cuando Cruz acabó el colegio y tuvo que decidirse por una carrera, buscó algo que se pareciera a la Medicina, y así llegó a la carrera de Biología Marina, interesado por el estudio de distintos tipos de organismos. Pero aquella carrera de consuelo en la Facultad de Ciencias Químicas y Naturales lo llevaría a realizar un descubrimiento mucho más feliz que el del solitario George: entre sus compañeros se encontraba una chica llamada María de Jesús Luzuriaga, su futura esposa, la mujer con la que compartiría la vida por —hasta ahora— cuarenta años.

Al final, no importa que sus hijos no hayan seguido sus pasos, siempre tendrá en casa alguien que le hable el mismo idioma.

Tengo miles de voces

Cuando estaba en segundo año, Cruz empezó a dar clases en la escuela Estrella de Octubre, ubicada en Gómez Rendón y la 21. La institución era de propiedad de un compañero suyo, Roger Macías. Su primer sueldo fue de 400 sucres. «Para que te hagas una idea, eso fue lo que me costó mi primer terno, que pagué en ocho partes de cincuenta sucres». Al año siguiente, aplicó en el Instituto Abdón Calderón, donde los profesores ganaban mil sucres. Allí estuvo durante los últimos cuatro años de su carrera universitaria. En 1972, poco después de incorporarse, aplicó en su universidad para hacer ayudantía como jefe de trabajos prácticos de Invertebrados y Malacología, las materias de las que después sería titular.

Graduado en la primera promoción de Biología Marina, se convirtió en instructor de la segunda. Todas las generaciones de esa carrera han pasado por sus aulas, y esos estudiantes ahora ocupan cargos en las empresas e instituciones que requieren de biólogos marinos. Por eso, cuando le preocupa algún tema que no tiene que ver con las investigaciones que realiza el Inocar, para Manuel Cruz es sencillo: «Yo no lo digo, pero sí tengo mil voces». Entre esas preocupaciones se encuentra el estado del estero Salado —al que ha estudiado toda su vida— y desde su cátedra le va dando forma a una idea de cómo recuperarlo: «Ya los estoy preparando para el rescate del estero».

En sus aulas enseña las especies del lugar, y cuáles hay que repoblar. Incluso ha ensayado una forma de hacerlo para cuando llegue el momento: Para recuperar el estero hay que secarlo. A través de esclusas, cortar el paso del agua por partes, y eliminar de raíz la putrefacción que se encuentra en el fondo. «Ningún animalito se va a asentar en el fondo, porque hay gas sufídrico, materia orgánica en descomposición, por lo tanto no hay repoblación», dice Cruz. El proceso que explica es un poco más complejo, pero esa es la idea principal, y una vez recuperado, el estero Salado podría ser el escenario para otras cosas: incluso una vía de transporte dentro de la ciudad. «En otras partes abren canales para transporte, aquí los cerramos, hacemos lo contrario», dice Cruz, un hombre que ha dedicado su vida a observar cosas que no se pueden ver con los ojos.

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