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Paseo del Chagra en Machachi

Machachi, en la provincia de Pichincha, recibe a sus visitantes vestidos con zamarros, ponchos, bufandas y sombreros.

Paseo del Chagra

En julio, los locales desfilarán en sobre caballos, junto a las aplaudidas bandas de pueblo, en honor a la cantonización de Mejía.

Es un recorrido en el que los junetes con sus caballos realizan saltos, en su mayoría sincronizados al son de las bandas musicales que los acompañaban, como si se hubiesen aprendido de memoria para que los visitantes se sorprendan con sus actuaciones.

Muchas historias rodean al origen del Paseo del Chagra de Machachi, en el cantón Mejía, Pichincha. Unas hablan de que en agradecimiento al patrono de la localidad, el Señor de la Santa Escuela, quien habría impedido que afecte a la ciudad la erupción del volcán Cotopaxi de 1877, por ello los chagras de la zona se vistieron de gala para desfilar y organizaron una corrida de toros.

Otros cuentan que luego de esa erupción, el ganado de las haciendas se dispersó en los páramos cercanos. Ahí, los chagras de Mejía se habrían organizado para ‘corralearlos’ (juntarlos) durante tres días y así llevarlos a cada una de las haciendas del lugar.

No importa la historia que se cuente, en esta zona sur de la provincia de Pichincha el personaje principal es el chagra. Aquel hombre que calzando botas de cuero y vistiendo zamarro de piel de chivo, poncho de lana de oveja y sombrero trata de lidiar no solo con toros cimarrones de páramo, sino con la dureza de un clima que puede llegar a los 6° y 7° de temperatura, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

“Antes que a caminar, un chagra aprende a montar a caballo y a hacer una buena huasca (nudo para lazar animales)”. Esas son las prioridades en la vida de un “chagra de cepa”, dice Ramiro Morales, presidente de la Asociación Cofradía del Chagra de Machachi (Acocha), mientras monta su musculoso caballo negro en el inicio del Paseo del Chagra y en el que participan regularmente unos 2.000 chagras que llegan de Sangolquí, Cayambe, Latacunga y Píntag.

Con el pasar de los años, el desfile ha ido incorporando diversas expresiones del mundo indígena y mestizo que se funden en la cotidianidad de un pueblo dedicado a la agricultura y ganadería. Carros alegóricos con mujeres de largas trenzas vestidas de chagras, lanzando mazorcas de maíz, papas y habas cocidas, se entrecruzan con danzantes que al ritmo de un capishca (ritmo andino) tratan de demostrar que son un pueblo alegre.