Mitología arbórea ecuatoriana

Desde hace siglos, se ha creído que en los árboles habitan los espíritus de los dioses, demonios y personas queridas.
 
 
 
 

¿Qué debes saber?

En la Tierra hay seres que si pudieran hablar contarían historias insospechadas, hablarían de los antepasados; sus palabras estarían cargadas de esa sabiduría adquirida por su antigüedad en el mundo.

Resulta increíble pensar que seres que fueron tan pequeños, cuando semillas, puedan enriquecernos de gran manera cuando se convirtieron en árboles.

Si al hablar de ellos le parece que nos estamos refiriendo a personas, para algunas culturas esta idea no es tan ajena. Desde tiempos remotos, se ha creído que en los árboles habitan espíritus humanos y divinos.

Según Stephanie León, -docente de la Universidad Central quien en su tesis de maestría estudió la simbología arbórea-, en la cultura andina, los árboles tenían gran importancia mítica y sagrada.

Estos seres eran considerados huacas (término para referirse a las sacralidades incaicas) y designaban los ancestros que debían ser venerados, también representaban a los abuelos.

"Es por eso que el respeto por el árbol viejo es respeto por el antepasado y a través de ellos es el respeto por la comunidad misma; y al mismo tiempo es respeto por la naturaleza porque temer su poder es también respetar las normas sociales. Hacer un regalo a un árbol, es tratarlo como un ser humano querido".

Los shuar, por ejemplo, tienen una relación muy profunda con los árboles; son ellos los que les permiten entrar en contacto con las divinidades. Es el caso de la Palmera de Chonta, bajo su sombra se celebraban cantos y danzas durante el periodo de formación de los jóvenes shuar para asimilar el conocimiento que emanan distintos árboles.

En la época incaica, también se adoraban a los árboles. Uno de ellos es el Quishuar, alrededor del cual giran muchas creencias como por ejemplo la historia de que ellos protegen al pueblo de las heladas. Si este árbol sagrado era cortado, se producían fríos intensos que acababan con los cultivos.

En la parroquia de Pomasqui, al norte de Quito se celebra una fiesta en la Semana Santa que tiene su apogeo el domingo de ramos en la Capilla del Señor del Árbol donde se encuentra la cabeza de Jesús tallada en el tronco de un Quishuar.

Hay varias leyendas alrededor de esta imagen, una de ellas cuenta que cuando los españoles asistían a misa, dejaban sus caballos amarrados al árbol. Al regresar se encontraban con los animales inclinados ante él. El padre de la iglesia lo tomó como una señal y mandó a tallar el Cristo en el tronco del Quishuar.

Así, la sacralidad española se mezcló con la andina, el mejor ejemplo: un Dios cristiano insertado en un símbolo sagrado Inca. Por consecuencia, los conquistadores también satanizaron a algunos árboles: es el caso del tocte donde se creía que habitaba el demonio que, convertido en un hombre bohemio, celebraba las noches con una botella de alcohol.

Pero también hay historias de amor. Una de ellas está ligada al Lechero. Se dice que una princesa indígena y un rey español se enamoraron, y como consecuencia sus pueblos pelearon una guerra. Como castigo por la sangre derramada, un dios convirtió a la muchacha en el Lago San Pablo y a él, en el Lechero que la observa desde la cima de la Loma Pucará del Rey.

Como éstas, hay muchas historias que hablan de que los árboles son más que seres estáticos, los humanos les han dado espíritu y han creado conexiones profundas. El árbol no solo es la representación de la vida, es la vida misma.

  • Fuente: Revista Abordo



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