Jorge Dávila V., Premio Eugenio Espejo 2016

 
 
 
 

La madre de Jorge Dávila Vázquez solía narrarles Las Mil y una noches a él y a su hermanito José Rodrigo.

Cuando el par de niños fue a la escuela, Ana María Vázquez (†) empezó a leerles en voz alta las leyendas mediavales para que ambos entendieran la sincronía entre la narración oral y la escrita. Si Ana María se encontraba con algún pasaje que no resultaba conveniente para la edad de sus hijos (de 10 y 7 años), dejaba la historia como esquivando un dilema que entonces no podría resolver, pero un día, la mujer cuencana empezó a leer un capítulo en que —sin alardear— un sultán aparecía con sus decenas de esposas y centenares de concubinas. De pronto, cerró el libro dejando intrigados a Jorge y José.

Los hermanos, sorprendidos y curiosos, se escabulleron entre los libreros para hurtar la edición de Sopena del clásico literario en la versión del orientalista y arqueólogo francés Antoine Galland, para descubrir los enigmas de aquel hombre rodeado de amantes. Leer se había convertido en una aventura gozosa que aprendieron a cometer solos. Ana María debió estar ocupada para no darse cuenta de la treta, que quizá no la hubiera disgustado.

Quizás estaba cantando mientras llevaba a la iglesia a Anita, otra de las hermanas menores de Jorge Dávila, quien recuerda que su madre tenía voz de soprano. Al escucharla cantar, la niña se cambiaba de acera ruborizada, pero, luego, con el paso de los años, a los seis hermanos les encantó la voz de su madre. «Ella era nuestra Sherezada», dice el escritor y suelta esa risa única que suele provocar la nostalgia.

Para el autor de la novela María Joaquina en la vida y en la muerte, el gusto por la música lírica y las letras es consecuencia de las enseñanzas maternas. Con veinte años, Dávila Vásquez era un espectador asiduo. En 1967 fue al Teatro Colón, de Bogotá, donde se mezcló con la concurrencia de Cuentos sobre Macondo, una serie de adaptaciones teatrales que el dramaturgo Carlos José Reyes hizo de ‘Rosas artificiales’, ‘Un día de estos’, ‘Un día después del sábado’, ‘La prodigiosa tarde de Baltasar’ y ‘Los funerales de la mama grande’, escritos por Gabriel García Márquez, quien, ese año, publicó la novela Cien años de Soledad.

Entonces, Jorge escribía teatro y apenas había incursionado en la narrativa. García Márquez era un autor conocido, pero no famoso. Hay quienes dicen que no pudo entrar al estreno de Reyes por no llevar corbata. Prenda que las anfitrionas del escritor ecuatoriano le habían confeccionado, de forma improvisada, con un pañuelo de seda.

Unos años después, también en Colombia, en el Festival de Teatro de Manizales, Jorge Dávila vio una adaptación llamada Comala, en que un grupo brasileño recreaba el imaginario que Juan Rulfo le legó al mundo en su Pedro Páramo. Lo real maravilloso era parte de la vida del autor cuencano antes de que el cubano Alejo Carpentier escribiera El Reino de este mundo. «El realismo mágico es una tendencia a la que García Márquez le abrió la puerta», dice el ganador del Premio Nacional Eugenio Espejo, «pero eso ya estaba latente en autores como José de la Cuadra, en Los Sangurimas o en las narraciones incluidas en Don Goyo, de Demetrio Aguilera Malta».

Para Jorge Dávila, el teatro fue una extensión de la literatura, esa que, en su hogar, surgió de lo cotidiano, de la cultura oral más que de la presencia de un pariente célebre, César Dávila Andrade, el poeta llamado el ‘Fakir’, a quien no recuerda físicamente. El 10 de agosto de 2016, cuando le entregaron del XXVII Premio Nacional Eugenio Espejo, Jorge Dávila Vázquez dijo, en representación de los galardonados este año:

«Pienso que la gratitud es el sentimiento más humano de lo humano [...] El científico Manuel Cruz Padilla, y la soprano Beatriz Parra Durango se han consagrado a su quehacer en su campo específico, y son ejemplares en cuanto a logros, búsquedas y realizaciones en la investigación científica y en la música, respectivamente.

Tenía un poco de temor de que Manuel, al oír que había un viejo Jorge en el pequeño grupo, quisiera descubrirme como al solitario George, la cima de sus exploraciones, pero igual he venido.

De Beatriz guardo en la memoria la nítida pureza de su voz en las grandes arias de ópera, pero, con esos rasgos sentimentales que tiene el recuerdo, atesoro en mi corazón la belleza de ciertas canciones como el ‘Triste de Ginastera’: “Triste es la vida sin sol/ triste la noche sin luna,/ pero más triste es querer sin esperanza ninguna”, o el hermoso pasillo de Gerardo Guevara ‘Se va con algo mío’, sobre el poema inmortal de Medardo Ángel Silva: “Se va con algo mío la tarde que se aleja,/ mi dolor de vivir es un dolor de amar/ y al son de la garúa en la antigua calleja/ me invade un infinito deseo de llorar” [...]

Durante 48 años he trabajado pacientemente, sin descanso, en el terreno de la cultura y su promoción, y de modo asiduo y amoroso, en la literatura, a la cual amo tanto como a mis seres más queridos, casi como si fuera un ente vivo, que anduviera a mi lado, respirase junto a mí y me hiciera compañía día y noche, volviéndose inseparable de mi existencia.

Si el arte no es eso para cualquier persona, si no es más que un pasatiempo de fin de semana, un hobby, como se acostumbra decir, una forma de descanso, de frívola o convencional expresión de sentimientos, no vale la pena seguir por ese camino.

También está la búsqueda del otro, el receptor, el espectador, el oyente, el lector, el público destinatario de toda obra de arte. Un verdadero artista se pasa todo el tiempo de su creación en esta búsqueda y esos encuentros indispensables para su desarrollo.

En tercero está la paciencia. Nada se consigue ni en la vida y en el arte, sin hacerlo y rehacerlo, de acuerdo con exigencias intrínsecas. La paciencia hace que el pintor busque el color apropiado, la expresión, la luz, los efectos compositivos, sin cansarse; que el músico borronee una y mil veces la partitura, sin importar siquiera que la pieza se haya interpretado ya; que el literato escriba una y otra vez el mismo texto, con ligeras variantes expresivas, estéticas, que diseñe un personaje, dándole una forma de comportamiento, unas características, un modo de enfrentar su mundo, y que, a la vuelta de unas horas o unos días, sienta que no es convincente, y torne a construirlo desde cero. La paciencia en la producción de todas las artes implica también que se tenga el suficiente valor para desechar una obra que no llega a realizarse de manera adecuada, y olvidarla temporal o definitivamente, porque no la totalidad de lo que hace un artista tiene, necesariamente, las calidades de otras de sus producciones, el valor que él quisiera o, peor aún, hay casos en que no alcanza su verdadero significado.

En cuarto lugar está la preparación. Hasta hace unos años, imperaba en ciertos medios el prejuicio —tonto como todo prejuicio—, de que quienes veníamos del mundo académico producíamos unas obras que buscaban solo la perfección formal, y que por ello eran demasiado frías, alejadas de la realidad, de lo próximo e incluso de las formas expresivas cotidianas. Pero fue en la Universidad, donde algunos autores —igual que muchos de los que no tuvieron una formación sistemática en las aulas, sino una autoeducación— adquirimos conciencia del valor del instrumento expresivo a utilizar —en el caso de la literatura, obviamente de la palabra, y un hondo conocimiento de los mecanismos del lenguaje, tanto en lo poético puro como en lo poético coloquial—, y de la necesidad de que toda creación se insertara no solo en su época, sino también en la tradición de lo que se había hecho antes de ella.

Este conjunto de factores, que una academia correcta, rigurosa, profundamente arraigada en lo mejor del ser humano y su historia, y llevada a la práctica, asidua, constantemente, es indispensable en la construcción de lo que yo llamo el oficio poético, en su más amplia acepción, no solo aplicada a lo literario. Por último, otro factor fundamental es la adquisición de un sentido autocrítico, que hay que ir constituyendo a medida que se generan las obras, y que no desdeña para nada la crítica positiva y negativa que estas reciben. Un autor debe aprender a valorar correctamente sus producciones.

Estos y otros factores van construyendo, lenta, pero sólidamente, al artista en cualquier campo. Y no hay ninguno que no haya hecho una práctica cotidiana de los fundamentales, siendo constante, paciente, dueño de amplio conocimiento de su campo de acción, adquirido, no importa si en las aulas o gracias a los distintos medios, ahora ampliados hasta el infinito merced a Internet, y siendo autocrítico y abierto a la crítica, que en muchos casos puede ser constructiva, inteligente, motivadora, y, en otros, francamente negativa, demoledora, injusta. ¿Qué es el oficio?

Años atrás, cuando se hablaba del oficio artístico, había creadores que se molestaban terriblemente, porque percibían una connotación de carácter artesanal en el término. Pero la artesanía es una respetable forma de ocupación, casi familiar, cercana de lo estético, cuando la practica un artífice, y conocer sus mecanismos expresivos, el manejo de los materiales, los secretos de sus logros, toma mucho tiempo, a quien la practica, la vida entera. Así es el oficio artístico, así su práctica apasionada, así su quehacer, que como proyecto, como idea, persigue hasta en sueños a quien lo pone por obra. Oficio, en la literatura, se opone a lo repentista, la improvisación, el relumbrón momentáneo; pues exige dedicación devota, días y noches de trabajo, lágrimas —por aquello que decía Dávila Andrade que “la poesía es el dolor más antiguo de la tierra”—, pero también un gran gozo ante el parto de la obra, semejante, guardadas las debidas proporciones, al nacimiento de un hijo.

Si las obras de arte nacen de un proceso de gestación y un enorme esfuerzo, vale la pena volver sobre la vieja cuestión: “el artista, ¿nace o se hace”? Creo, firmemente, que todos nacemos con un cierto don, una predisposición en la voz al canto, en el cuerpo a la danza, en la mano y el ojo al dominio del dibujo, el color, el volumen, tanto en la representación más o menos exacta de la realidad, cuanto en su abstracción; en la imaginación y la inteligencia, la combinación y selección apropiada de los vocablos, respetando su vida, desde que comenzamos a hablar, en el caso de la literatura. Pero no todos desarrollamos el don. Algunos lo ignoran, y dedican su tiempo y su vida a tareas pragmáticas, muy respetables, por cierto, hechas para la supervivencia, y a otras labores sociales, de acuerdo con el sitio que ocupan en la sociedad.

El cultivo del don es lento y penoso. Los casos geniales y tempranos: Mozart, Rimbaud y otras excepciones, brillan por su rareza. La literatura se asienta sobre un pilar fundamental: la lectura. Para un escritor, el conocimiento de lo que se ha hecho antes de él, es indispensable, como también lo que realizan sus contemporáneos y los que vienen luego; y, por supuesto, un entrañamiento cada vez mayor con el lenguaje, que será su arma de defensa contra las vulgaridades de la existencia y las acechanzas de toda clase que debe enfrentar el creador, bien armado con sus herramientas teóricas y su apropiado conocimiento del rico mundo de la literatura.

Comparo siempre, sin llegar a excesos, la imagen del don de la creatividad a la parábola evangélica de los talentos entregados por el amo a los siervos, antes de partir a un viaje. Posiblemente algunos aprovecharán más intensamente el don, logrando desarrollarlo al ciento por ciento, otros menos, y lo harán a su modo, y, en fin, hay los que recibieron solo una porción y la enterraron, la desconocieron. Ese es, pues, el caso del artista naciente. La conclusión de la historia, en la forma cómo cada siervo maneja sus talentos, sean muchos o pocos, nos pone ante un “hacer”, que se alcanza, por esa formación, ese acopio de conocimientos de los que hablamos antes. Para mí ese es el proceso lógico. Porque solamente intentar “fabricar” un artista, a base de la teoría, los ejercicios mecánicos y la técnica, es inútil.

En lo tocante a la literatura, creo que el talento que recibimos, es susceptible de ser multiplicado por una práctica disciplinada; enriqueciéndolo con los contactos de lectura, de conocimientos teóricos y con, una vez más —la última—, con la consolidación del oficio. En mi caso, y siempre con la debida modestia, puedo decir que he multiplicado los talentos que me fueron entregados; con mucho sacrificio, a veces, como cuando debía combinar la escritura con las tareas obligadas de la supervivencia o cuando escribir me alejaba de la vida familiar, pues si bien yo —monógamo como un caballito de mar, cuarenta y seis años con la misma amada y paciente pareja— soy la negación de ese clisé neorromántico del escritor que bebe, fuma o busca otros estímulos, y he desarrollado buena parte de mi existencia, al calor del hogar, debo reconocer que el acto mismo de la escritura es solitario, aislado. Privaciones aparte, estoy agradecido con Dios y con la vida por cuanto he logrado en el proceso de multiplicación de mis talentos, y agradecido con ustedes por su paciencia para escuchar estas humildes reflexiones, en este día que conmemoramos el Primer grito de Independencia. Condiciones esenciales de todo arte verdadero son la libertad, la no dependencia de las circunstancias, por duras que estas sean, y la capacidad de crear, incluso en los medios más hostiles, pero hacerlo hasta que ya no quede más que un leve soplo de vida. Gracias».

 

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