Beatriz Parra, Premio Eugenio Espejo 2016

Beatriz Parra Durango (Riobamba, 1940) vive frente a unas escaleras que no llevan a ningún lugar.
 
 
 
 

Su casa es también un conservatorio. En las rejas negras que abren el jardín hay un letrero que anuncia: «Descubre el talento que llevas dentro». Tras la puerta, a la derecha, está su oficina, la rectoría de la fundación que inició hace una década y tres años más, con la que puso en camino el proyecto del Conservatorio María Callas, inaugurado en 2007.

Está rodeada de condecoraciones de Colombia, de instituciones culturales de Ecuador, libros y fotos con su hija ‘Beatricita’ y sus dos nietos. Allí, bajo un retrato que le pintó el indigenista ecuatoriano más recordado de la historia, Oswaldo Guayasamín, no deja de llamar, de recibir telefonazos para la realización del siguiente evento lírico que prepara. Frente a su escritorio está su reflejo, el espejo que le recuerda que debe mantener la compostura. Mientras habla retumba el eco de sopranos, barítonos, tenores. Seres que cantan en tonos altos hasta que pareciera que se ahogaran en el tiempo. Esa casa, esa oficina, esas voces son el trabajo al que le ha dedicado toda su vida.

Cada respuesta que entrega Beatriz Parra la vuelve ceremoniosa, alzando su cabeza, manteniendo su postura firme y modulando cada palabra, como si estuviera parada en un escenario, siendo la prima donna de una ópera clásica. Siempre fue actriz, siempre cantó. Su forma de comunicar está trabajada para ser perfecta.

Su madre, Dora Durango, decidió que su hija era una niña artista y a los ocho años la inscribió en el Conservatorio Antonio Neumane, aún sin tener la edad reglamentaria. Dos años más tarde ya era parte del Coro General del Conservatorio, dirigido por el maestro húngaro Jorge Raiky.

Entonces, Guayaquil parecía —según sus recuerdos— una ciudad que cultivaba el canto lírico. «Era un puerto al que venían todos los barcos que pasaban por Europa con las grandes compañías líricas. Se presentaron muchas obras y grandes cantantes. Es una tradición del guayaquileño amar el canto lírico. Ahora esto está decreciendo».

Recuerda la llegada del maestro español Carlos Arijita con su compañía de zarzuela. Arijita retomó el Conjunto Lírico de la Casa de laCultura. A Beatriz le asignaron el papel de Lola, en la Cavalleria rusticana el melodrama de Pietro Mascagni. En la obra, Turiddu, un joven del pueblo, vuelve del servicio militar y encuentra a su amada Lola casada con Alfio, el próspero carretero. Como venganza, Turiddu seduce a Santuzza. Al empezar la ópera, Lola, muerta de celos por Santuzza, inicia una relación adúltera con Turiddu. Los papeles de las sopranos ligeras, como ella, en las óperas suelen ser de divas.

A los diecinueve años, al finalizar sus estudios de canto y ballet en el país, se casó con Enrique Gil Calderón. Del matrimonio nace Beatricita y tras su primer año, ella y su esposo piden una beca para continuar su carrera en la Unión Soviética, en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú. La gestión, como hicieron muchos intelectuales de la época, tuvo la mediación del Partido Comunista ecuatoriano, del cual su suegro era secretario.

Viajó a la actual Rusia en el barco Américo Vespucio detenido en uno de los muelles de la ciudad, sitiado frente al actual Municipio. Allí se despidió de su hija, a quien dejó en manos de sus abuelos con la idea de solucionar su forma de vida en Rusia para llevarla con ellos pronto. «La formación lírica es de mucho sacrificio. En mi caso eso sí tuvo que ver con la familia. Tuvimos que irnos y dejar a mi hija. Su mamá tenía que ir a formarse. Yo quería tener una profesión seria, austera que haga que florezca verdaderamente. Hay personas que van y estudian a medias. Yo quería ser una cantante seria y profesional y para eso tienes que tener una meta y esa era la mía».

Por tres meses recorrió distintos puertos de Europa hasta llegar al paisaje otoñal de Rusia, con lluvia, humedad y frío. Apenas sabía decir en ruso ‘bien’, ‘no’ y ‘gracias’, palabras básicas para la cortesía, pero no para comunicarse en un sistema que era completamente distinto al ecuatoriano. A los contratiempos del idioma se agrega la pérdida del equipaje, que había enviado por tren. Allí estaban sus partituras para dar el examen de ingreso al conservatorio.

El día de la prueba de ingreso cantó ‘Vals de Musetta’, un fragmento de la ópera La Bohemia y un tema ecuatoriano a capela. Allí, la maestra Nina Dorliak, también soprano, escogió a Beatriz en su clase. Desde el principio destacó como soprano y cuando aprendió el idioma le asignaron dúos, tríos y cuartetos. Interpretó a Barbarina, en las Bodas de Fígaro de Mozart; a la Niña de nieve de Rimsky Korsakov, en una fábula rusa. Fue Julieta, en la versión adaptada de Shakespeare. Fue Zerlina con Don Juan. Era seleccionada para representar al conservatorio en concursos.

Su voz se destacaba entre las educadas voces rusas. Mientras, sus planes de volver se cayeron tras una visita de su madre, cuando en Ecuador, la Junta Militar toma el mando tras la caída del gobierno de Carlos Julio Arosemena. Su viaje a la Unión Soviética se convirtió en un exilio hasta su graduación y el cambio de mando.

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Beatriz Parra se convirtió en la voz que representó al conservatorio ruso en concursos de Rumania y Francia. Fue solista de la Orquesta de Cámara de Moscú. Grabó en la desaparecida Unión Soviética su primer disco interpretando El Barbero de Sevilla y Las Bodas de Fígaro. Fue una de las cinco voces del inédito Ensamble Madrigal de la Filarmónica de Moscú. Europa parecía sentarle bien, pero nunca descartó volver a Ecuador a hacer su vida profesional. A enseñar lo que aprendió. —No te vayas a tropicalizar, Beatriz —le dijo el guitarrista español César León. Tropicalizarse significaba aflojar la exigencia que se había impuesto en Moscú con siete horas diarias de ensayo, dejarse llevar por el trópico. Dejar pasar, en las noches bohemias, unos tragos. «Cuidado», le advirtió su amigo. Pero no pasó. Sabe que el canto es muy exigente. «Debes tener una disciplina de hierro, así como los bailarines. Tienes que evitar diversiones, ser muy medido, muy austero, porque tu mecanismo está aquí —dice señalando su pecho— tienes que estar bien dormida, bien alimentada». A su regreso al país siguió aprendiendo —por su cuenta— nuevos repertorios, para luego regresar a Europa, continuar con la preparación de su maestra rusa. «Nunca descarté de mi vida al Ecuador. Iba y venía y ya después me afinqué acá. Salía de aquí a mis compromisos». Uno de ellos implicó una larga temporada en Colombia. Beatriz Parra cantó en los Juegos Panamericanos y la escucharon los promotores del movimiento de ópera en Bogotá. Después de eso fue solista por veinticinco años de la Sala de Conciertos Luis Ángel Arango en Bogotá y colegas como Galo Cárdenas consideran que su carrera es más reconocida en ese lado de la frontera latinoamericana.

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 A la sala de su casa, el conservatorio María Callas, llegan, por la tarde, jóvenes vestidos con ropa de trabajo de oficina, gente que busca sacar su talento guiado por la experiencia de Beatriz, como se anuncia a la entrada. «Hay muy buenas voces en Guayaquil. Lo que no tienen es fe en su carrera, en que podrían subsistir del canto. Los que pueden ser cantantes verdaderamente y pueden dar una buena audición. Los que están desarrollados musicalmente se van. Otros se quedan aquí, tal vez por las condiciones económicas, y son muy buenos cantantes. Siempre llega alguno especial con una buena voz. Pero el entrenamiento de un cantante es como el de un gimnasta, no nace del día a la noche. Sí hay talentos con la voz innata, pero esa voz tiene que entrenarse bien para que no se dañe», dice Beatriz.

Cree en la lírica como un paso fundamental para la cultura. La considera el termómetro de la cultura de un país y cree que tiene que ser popularizada, que la gente la conozca, que pueda ir a recitales, disfrutar de una ópera, una opereta, una zarzuela. «Mi trabajo —reitera— es popularizar la ópera, por eso estamos molestando a todo el mundo, pidiendo patrocinio a la gente amiga para poder montar musicales preciosos». Ahora mismo prepara el Primer Festival de Canto Lírico, donde presentarán El Barbero de Sevilla de Gioachino Rossini con un reemplazo de la guitarra clásica, a la eléctrica, con personajes más reales y en español.

Al igual que cuando fue funcionaria cultural, quiere llevar la ópera a los colegios, los parques, a la gente. Cuando inauguró el conservatorio sabía que serían pocos, que no tendría un auditorio lleno, pero que crecerían. María Jaramillo, esposa del maestro Gerardo Guevara, a quien acudió varias veces Beatriz Parra en sus viajes a París, es también cantante lírica y ha acompañado su proceso de trabajo. «Su dedicación al canto —dice María— y a la ciudad es lo que la ha hecho grande. Ha empujado a los talentos de Guayaquil, de los que no sé si habrá un estudio, pero realmente es común que haya muy buenas voces».

Fabián González es nieto de la cantante lírica Maritza Ortega. «Con ella me eduqué y crecí escuchando la música clásica. Siempre tuve un gusto por el canto y la música. Mi primera profesora fue mi abuela y en 2004, vine a la fundación con la maestra Beatriz. El canto lírico me transporta a un mundo maravilloso. Cuando uno canta, actúa, sale de la realidad, de los problemas. Trabajo todo el día en eso, estoy inmerso en la música y no me puedo imaginar otra cosa».

Karen Bohórquez llegó de Colombia para entrenar su voz con Beatriz Parra. También es una soprano ligera y para formarse pidió el nombre de una buena maestra, con quien además comparte la tesura de la voz. Cambió la cotidianidad de su hogar como Beatriz y afianza su carrera como solista. María Elena Layana cursó los cinco años del conservatorio con Beatriz. «Entendí que el cuerpo es el instrumento, una cosa es cantar y alzar tu voz a todo pulmón, con todo el sentimentalismo necesario y otra cosa es saber dónde está la fuente de tu aire, cuál es tu soporte. En las clases te das cuenta de qué cuerdas haces vibrar. La maestra enseña que el cuerpo es como un instrumento, como el piano, en el cual el tamaño de la cola tiene una influencia en el sonido, en la voz pasa lo mismo con la presión del diafragma. Empiezas a entender tu cuerpo así», dice Layana. 

Tras una década y tres años trabajando en la educación de las voces de la ciudad, Beatriz Parra cree que el Premio Eugenio Espejo que recibió en el Palacio de Carondelet el día que se recordaba el Primer Grito de la Independencia, es el más alto reconocimiento que le puede dar su patria. «En este momento de mi vida, en el que uno siempre va declinando, como pasa con todos los seres humanos yo aún me siento con fuerzas para seguir y esta presea me ha dado aún más para continuar mi trabajo», dice Beatriz.

Su exalumna, María Elena cree que Beatriz Parra es una mujer muy femenina y clásica. «Los personajes de las sopranos como ella son siempre los más femeninos, los de la damicela en peligro, la mujer joven y pueril que huye al peligro. Creo que a ella no le cuesta trabajo ser como es, lo ha interiorizado».


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