Beato Padre Emilio Moscoso Cárdenas

Conocido en Riobamba como el mártir de la eucaristía. Fue un sacerdote jesuita orientado a la educación, un hombre pacífico que defendió su fe, su religión. Fue asesinado por liberales que perseguían al clérigo irrumpiendo en la capilla del Colegio.
 
 
 
 

Biografía del Padre Emilio Moscoso

El Siervo de Dios, Emilio Moscoso Cárde­nas, S.J., nació en Cuenca (Ecuador), en 1846, en el seno de una familia cristiana. En 1864, a los 18 años, decidió entrar en la Compañía de Je­sús, abandonando sus estudios de Leyes.

El 27 de abril de 1866 pronuncia sus votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia. Exteriormente nada cambió en él: sereno, sencillo, amable, humilde. Daba la impresión de ser tímido, listo y servicial, se manifestó siempre responsable y cumplidor fiel de sus obligaciones.

Por un tiempo siguió su formación en Quito y luego fue profe­sor en los colegios de Riobamba y Guayaquil. Fue ordenado sacerdote en Quito el 1 de noviembre de 1876. Después estudió en Francia y España.

En 1879 fue destinado a trabajar en Perú. En el Colegio de la Inmaculada, de Lima, enseñó gramática, aritmética, geografía, historia antigua y universal. Aquí hizo su profesión solemne como jesuita, el 8 de setiembre de 1879.

En 1882 volvió a Ecuador, para ejercer su ministerio en el Colegio San Luis de Quito. En 1889 fue enviado al Colegio San Felipe Neri de Riobamba, donde fue ministro de la comunidad jesuita, prefecto espiritual y de salud, director espiritual de alum­nos y director del Apostolado de la Oración.

En 1892 fue nombrado rector de este colegio, prefecto de estudios, decano de la facultad de filosofía, profesor de lógica y metafísica, continuando como director del Apostolado de la Oración. En aquella época se habían instalado los liberales radicales anticlericales en el gobierno de la República de Ecuador. Eran tiempos de hostilidad contra la Iglesia, de persecución a los católi­cos. El 2 de mayo de 1897 el Siervo de Dios fue encarcelado, junto a toda su comunidad religiosa. Fueron maltratados, pero los liberaron al día siguiente debido a presión popular.

El 4 de mayo de 1897, el Colegio San Felipe fue asaltado por tropas del Ejército. Después de reducir a un grupo de rebeldes conservadores que se habían refugiado allí, sin conocimiento ni colaboración de los jesuitas, los asaltantes cometieron actos sacrílegos en el templo del Colegio y luego invadieron la residencia de los religiosos para destruir, robar y matar.

El Siervo de Dios se retiró a orar en su dormitorio. Hasta allí llegaron los capitanes Santos Manzanilla y Luis Soto, y lo mataron con varios disparos de fusil. Él estaba ante un crucifijo y con un rosario en la mano. Después le pusieron en sus brazos el fusil con que lo mataron, para simular que estaba combatiendo contra los militares.

Cuando ya estaba muerto, el coronel Luis Quirola amarró con sus propias manos el cadáver y lo arrastró hasta la calle. Quiso seguir arrastrándolo, pero se detuvo ante la reacción negativa que produjo su iniciativa entre los demás militares y ante las protestas del pueblo, que ya había empezado a agolparse, tomando la gente el cadáver e introduciéndolo en la iglesia del Colegio. Después fue llevado a la capilla del hospital, que cuidaban las Hermanas de la Caridad.

En 1947, al cumplirse medio siglo de los trágicos aconteci­mientos de Riobamba, la Iglesia diocesana y la Compañía de Jesús restauraron el templo del Colegio San Felipe, y los restos mortales del Siervo de Dios fueron depositados en la sacristía, dentro de un cofre.

El Superior General de la Compañía de Jesús, Luis Martín, escribe al Siervo de Dios y le hace notar que ha sido "instrumento de la divina bondad para la restauración de la disciplina y del espíritu religioso" en el Colegio de Riobamba, gracias a "su celo y prudencia".

La vida del Padre Moscoso fue de una profunda vivencia de fe, esperanza y caridad que lo demostraba en la relación diaria con sus hermanos, siempre afable y dispuesto al perdón, ocultando las dolencias propias de su delicada salud para no molestar a los demás, pues buscaba en todo momento el bienestar de los otros sin preocuparle el suyo propio.

Su amor entrañable a la Virgen Santísima alimentaba su caridad. De alma transparente y exquisita, tenía siempre la respuesta a los problemas de los demás, quienes acudían con confianza al Padre en busca de su consejo.

El Padre Emilio Moscoso, S. J., fue en su tiempo un testigo del amor de Cristo. Murió por Él, “Defendió su fe, su religión y entregó su vida en manos de quienes demostraron odio a Dios y a quienes consagraron su vida por el Reino”.

Su testimonio de amor fue una palabra de alarma. Puso de manifiesto la capacidad destructiva que tiene el ser humano cuando se deja dominar por el odio y la división. Mostró que cualquier ideología puede ser instrumento de destrucción y de muerte cuando se hace excluyente y sectaria.

El 12 de febrero de 2019, el Papa Francisco firmó en el Vaticano el decreto de Beatificación. La ceremonia se llevó a cabo el 16 de noviembre de 2019 en Riobamba.