Un sueño sobre rieles

Un silbido fuerte y el rechinar de las ruedas metálicas abrazando las rieles de madera anuncian la llegada del ferrocarril.
 
 
 
 

Es inevitable no imaginar a mujeres con amplios vestidos y hombres de traje y sombrero dándose largos besos de despedida, arrimando sus rostros pensativos en las ventanas del vagón o subiendo juntos sus maletas con la ilusión de emprender una aventura.

El recuerdo de la época de oro del tren, cuando corría 1908-1940, da fe de un momento crucial para el país, cuando el sueño de Eloy Alfaro era realidad y el tren unía a la Sierra con la Costa. En estos días son los aeropuertos y terminales los que se repletan de viajeros.

La Estación de Chimbacalle, una anciana centenaria y silenciosa frente a ellos, rompe con el bullicio del tráfico del sur de Quito -en las calles Maldonado y Sincholagua-. Basta cruzar su portón negro para sentir el frío silencioso de las 07:00 y trasladarse a otra época, es obligatorio hacerlo mientras se contempla el canchón de piedra donde descansan los coches, vagones y máquinas que en su momento fueron la razón de ser del ferrocarril.

Hoy no son miles de viajeros los que esperan la llegada del tren, pero sí decenas de turistas que reviven sus 108 años de historia mientras contemplan las rieles viejas, la sala con el antiguo y algo descuidado telégrafo; o admiran los detalles de los trajes rojos y negros con gorro (en el caso del maquinista) típicos de la tripulación. Las paredes de Chimbacalle tienen mucho por contar...

El mejor amigo del tren

El lugar también estaba repleto de fogoneros pintados de negro por el carbón de la máquina, conductores y maquinistas con sus sombreros dirigiendo los mandos y moviendo el convoy, boleteros con sus chalecos despachando las entradas. La tripulación, por su lado, esperaba ansiosa por comenzar un nuevo viaje.

El recuerdo de Edgar Garcés es impecable. El maquinista a vapor más antiguo de lo que hoy es Ferrocarriles del Ecuador EP fue testigo de Riobamba como la capital ferroviaria; de la apacible ciudad, cada día, salían cuatro trenes. "Los impares subían de la Sierra a la Costa y los pares bajaban en sentido contrario", relata.

Sus 31 años en este oficio no han borrado la nostalgia que aún siente por la época dorada del tren. "Este es mi oficio desde los 21 años -relata sereno-. He manejado todas las rutas del tren y conduje en todas las inauguraciones". Él se refiere al cambio que vivió este ícono turístico, cuando en 2008 el Gobierno apostó a la regeneración del tren.

"En estos años aprendí que cada viaje es una historia diferente. Día a día aplico la misión que me enseñaron mis maestros: está prohibido quedarse en el camino, hay que avanzar a como dé lugar para cumplir el viaje".

Un viaje con el coloso

Un silbido fuerte y el rechinar de las ruedas metálicas abrazando las rieles de madera anuncian la llegada del ferrocarril. ¡La espera terminó! De viernes a domingo, desde las 08:00 las máquinas arrancan. EL tren ofrece 10 rutas turísticas que acogen a viajeros privilegiados que anhelan contemplar la naturaleza ecuatoriana.

Con ímpetu nos embarcamos en el Tren de los Volcanes. La ruta Quito-Tambillo-Machachi-El Boliche tiene 59 km. La belleza de cada tramo, cada pedazo de tierra y los abundantes y fértiles sembradíos hicieron que en la década de los 90 ésta se convierta en la primera ruta turística del tren.

Edgar recuerda como cientos de quiteños esperaban con emoción a las 6:00 am del viernes, sábado o domingo para abordar el tren rumbo a El Boliche. Era el paseo familiar ideal, con picnic incluido. Los viajeros de alma festiva iban hasta con su propia banda de pueblo. Era el momento de festejar y salir de la rutina de la ciudad.

El furor de esta ruta hizo que luego venga el camino de la Nariz del Diablo en Alausí. Y en 2013 un proyecto emblemático para Ecuador: el 43 Tren Crucero. Vivir esa experiencia le ha valido a Ferrocarriles del Ecuador contar con varios reconocimientos de los World Travel Awards como Mejor Tren de Lujo de Sudamérica.

Con solo ver el ferrocarril uno sabe que está abordo de una aventura digna de los viajeros que respetan la historia, la naturaleza y la paz. A través de los grandes ventanales una composición fascinante de paisajes lo copa todo. Cada color de los pueblos, las tonalidades de los campos que simulan una alfombra sin fin y los fríos y nublados páramos se funden con la vía férrea para crear una obra delicada.

La angosta vía férrea es el camino secreto para internarse en el páramo andino. Los tupidos pajonales que jamás irrespetan las ráfagas del viento, las verdes cadenas de pino que destilan su aroma, las flores violetas y amarillas que dan el colorido al paisaje son la antesala de los verdaderos protagonistas de este frío rincón ecuatoriano.

El Pichincha, Atacazo, Pasochoa, Corazón e Ilinizas son los vigilantes de la ruta en el mágico Tren de los Volcanes. En el vagón o coche intermedio se entreteje otra historia. La cafetería es un rincón con espíritu, ideal para acompañar la vista con una taza de té o café y combatir el frío, que va en aumento.

Si el viaje comenzó en Quito con 2.700 m.s.n.m., sube a los 3.087 en Machachi y termina en los 3.547 en el páramo. El frío intenso (5°C) anuncia la segunda parada, El Boliche. Es hora de salir del tren y sentir la fuerza del páramo. Entre risas Karina Mosquera, la guía de esta ruta desde hace tres años, nos confiesa que esta es su parada favorita.

La última parada

Karina tenía razón. Un gigante portón de madera guarda en su interior un tesoro andino: El Boliche. Desde esta entrada la imagen es privilegiada, el largo tren rojo sobresale entre la neblina, los pinos y los pajonales. El viento frío golpea el rostro, el olor a pino se torna intenso y una alfombra de césped recibe a los visitantes; el camino es amplio como para extender los brazos y sentir el aire puro recorriendo el cuerpo.

Unas gradas de madera que dirigen a un camino estrecho rodeado de pequeños árboles de hojas verdes, helechos y musgo dan la bienvenida al camino que los antepasados indígenas recorrían y consideraban sagrado por la cantidad de plantas curativas que nacen ahí, como la ortiga.

Ese camino estrecho -entre el verde de las hojas y el café de la tierra- culmina en un lugar ideal para acampar. De regreso en el coche o vagón, con la energía renovada por el espíritu del páramo y el apetito abierto por el frío y la caminata, estamos listos para la última parada: Machachi.

Mientras el tren se estaciona, afuera la fiesta se prende con diablos Huma, danzantes de todas las edades con faldas de colores, zamarros y adornos de espejos. El broche de oro son los platillos de comida nacional de la granja La Estación. Créanos, usted regresará lleno de recuerdos e historias.

Fuente: Revista Abordo


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